Soy mujer, música, etnomusicóloga, morena, negra, prieta, zapoteca, oaxaqueña y milpaltense

Taly Gutiérrez

Por Aketzaly Verástegui

1/18/2022 4 min read

Mi nombre es Taly Gutiérrez Ríos, mujer, música, etnomusicóloga, morena, negra, prieta, zapoteca, oaxaqueña y milpaltense.

Soy la hija de mis padres, maestrxs y zapotecxs ambxs; madre del Istmo y padre del Valle. Yo nací en la Ciudad de Oaxaca.

Mis padres hablan muy poco zapoteco, pues este sistema racista les negó hablarlo mucho. Mi abuela me enseñó algunas palabras. Yo lo seguiré aprendiendo y lo hablaré algún día.

 ‘‘Oaxaca es tierra de músicos, poetas, artistas’’, eso dicen. También cuenta la leyenda que si levantas una piedra podrás encontrarte con un montonal de músicxs. Yo fui una de esas músicas que salió de una de esas piedras y que tuvo que dejar su tierra madre para buscar oportunidades en la Ciudad de México.

 ¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Mi amor por la música nació de repente? ¿Ya estaba predestinada a volverme una música de cuerdas? Escarbo en mi historia y me topo con que mis abuelxs eran músicxs, que mis bisabuelxs también lo eran. Y entonces me digo: Taly, esto no es cosa del destino, esta es la herencia de tus ancestrxs.

Al crear, yo construyo. Al crear, yo me transporto. Al crear, yo disfruto. Al crear, yo me encuentro con el otro, con la otra y nos comunicamos, nos conectamos y formamos un sentimiento en común. También al crear, yo lucho, cuestiono y transformo.

La música no es apolítica, la música es lucha. Una lucha que no se detiene. Una lucha que tiene raíz, y esa raíz resiste y se reivindica.

 ¿Habías escuchado el término de ‘’Música agropecuaria’’? ¿Es fuerte, cierto? Se ha empleado para categorizar a un grupo de personas que crean cierto tipo de música que no entra en ese ideal de ‘’música bien hecha’’: el reguetón, la música de los pueblos originarios, de los pueblos negros, de todo aquel que sufre los estragos de un sistema completamente racista.

Respetar algo tan sencillo como los gustos musicales, es respetar al otro, respetar su historia, su lucha, su raíz.

‘‘Como pensemos la música, como pensemos el arte, es como nos estamos pensando’’.

Y ahí estaba yo, en la Ciudad de México, siendo acechada por las miradas, golpeada por las palabras no dichas, los tratos malintencionados, en una Institución que veía con malos ojos esa música ‘’sencilla’, ‘’sin complicaciones’’ con la que yo me crié. Ahí estaba yo, una mujer morena, prieta, negra, zapoteca y oaxaqueña, con una revolución que comenzaba a germinar dentro de mí y que me gritaba: Morenita, es momento de que pienses la música y que muestres que la música se puede pensar de otra forma.

Nuestra construcción del imaginario social nos ha hecho creer que nuestro talento como mujeres, hombres, y sobre todo, músicxs pertenecientes a pueblos originarios, solo alcanza para ser músicxs de instrumentos de viento. Y somos muy buenxs, pero, ¿si quisiéramos tocar el piano? ¿Qué hay del violoncelo? ¿Y la batería?

¿Qué hay de ti, morenita? Tú deseas tocar cuerdas pero, si tocas cuerdas, no entrarás a la banda de tu pueblo. Y si tocas viento, te catalogarán y te limitarán. Pero ahora estudias etnomusicología y para ellxs no eres ni viento ni cuerdas. ¿Qué eres?

Y ahí estaba yo, otra vez. Pero las miradas acechadoras ya no estaban. Las palabras hirientes se habían ido. En cambio, me encontré con un grupo de rostros, voces y cuerpos que danzaban y cantaba a la par de las cuerdas. Había llegado a Santa Ana Tlacotenco, Milpa Alta. Y me dije nuevamente: Morenita, ¿cómo poder pensar la música de otra forma?

He comenzado un proyecto en el cual pretendo llevar el repertorio de mi tierra a las cuerdas. Y no solo a las cuerdas sino al viento mismo, a las percusiones. Una combinación de lo que soy y de lo que he estado siendo.

¿Que si soy prieta? Mis lágrimas inundan mis ojos al recordar. Aún siento los brazos cálidos de mi abuela sosteniéndome y repitiéndome: No les hagas caso. Mira tu piel, mira tus cabellos. Tú, mi niña, tú, eres muy bonita.

Veía mi piel prietita, mis cabellos que revoloteaban entre ondas y caracoles y me veía bella. Pero, si me veía y me sentía bella, ¿por qué me dolía tanto que me llamaran negra? Las miradas acechadoras y las palabras, malintencionadas e hirientes, comenzaron ahí, cuando yo era apenas una niña. Hoy les pongo fin. Y agradezco que las cosas se muevan, que los tiempos anden, que las voces resuenen. Agradezco a Poder Prieto, a las Tlacualeras de Santa Ana, a Susano Leyva, pues ahora puedo defender mi derecho de ser mujer, negra, prieta, morena, oaxaqueña y además milpaltense santanera.

Y si esas voces se dignan a volver, con mi fuerza y valentía les responderé:

Sí, soy negra.

¿Negra? Sí.

‘’¡Y qué lindo suena! ¡Y qué ritmo tiene!’’

Soy negra pero también soy zapoteca.

¿Soy afro zapoteca?

Sí.

Soy negra pero también soy oaxaqueña.

¿Soy afro oaxaqueña?

Sí.

Soy negra pero también soy de Milpa Alta.

¿Soy afro milpaltense?

Sí.

Me reconozco como un todo, un todo que fue herido y que hoy se transforma.

Quiero compartirles mis redes para que puedan conocer más de mi trabajo como música y como investigadora musical:

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Y sigamos tejiendo redes para que los ánimos no caigan..